lunes, 12 de agosto de 2013

Arquímedes o “El peor de los mundos posibles”




        

        Schopenhauer solía repetir, contrariando a Leibniz, que este era el peor de los mundos posibles. También solía acompañar tal afirmación con nutridos ejemplos extraídos directamente de lo más cotidiano de nuestro existir. El asesinato de Arquímedes parece confirmar, una vez más, la hipótesis schopenhaueriana.
       No existió en la historia engendro más aborrecible que el soldado romano. Bestial, deleznable, codicioso, traicionero, bruto, rapaz, supersticioso, inculto, fiero, implacable, “considera a todo extranjero no como ser humano, sino como enemigo” (esa es su lógica, según el Alberdi de El crimen de la guerra). No es un guerrero, es un mercenario, un sicario, su mismo nombre indica la paga, el sueldo, que recibe por matar. Actúa sin atisbos de pensamiento autónomo, obedece, reacciona, aniquila deseoso de sangre, con una sed tan inagotable que ni los espectáculos del Circo (o del Senado) pudieron saciarle.
     Entregado al pillaje y al saqueo, uno de estos putrefactos autómatas sanguinarios se encontró en la recién tomada Siracusa con el genio que había calculado cuántos granos de arena cabían en el universo. Estaba Arquímedes sentado en el suelo, dibujando figuras idílicas, calculando cifras inaccesibles, díscolas, cuando la ruda espada de filo mellado por largos años de matanzas se hundió en su cuerpo, empujada con obsceno sadismo por el sañudo romano. “¡No perturbes mis círculos!” fue la última súplica que apenas alcanzó a gemir antes de expirar aquel que con su ingenio había mantenido a raya a la horda virulenta conducida por Marcelo.
      Entregó el alma el agudo matemático, tal vez absorto en las profundidades insondables de un problema tan irresoluble como la cuadratura del círculo, en cuya solución nadie se acercó más que él. Al morir experimentaba, quizás, uno de esos trances que describe Plutarco. Este biógrafo ilustre relata que las musas solían visitar a menudo a Arquímedes, y que entretenido en su presencia se olvidaba incluso de comer o higienizarse. Cautivo en dichos embelesos, tenían sus allegados que conducirlo a los baños y encargarse de las faenas de limpieza, mientras el genial siracusano continuaba con su dedo dibujando círculos en el aire. Y hasta se dice que una vez saltó de la bañera y corrió desnudo por las calles gritando ¡Eureka!, al haber encontrado la respuesta a un caso inextricable.
Solamente de la caterva infecta de los que fueron capaces de destruir la Biblioteca de Alejandría, monumento refulgente de la sabiduría humana; únicamente de entre aquellos que no se compungieron al torturar con crueldad injuriosa y al crucificar, insolentes, al santo Pescador de Hombres; sólo de esa gazapera hedionda pudo surgir el autor maldito de segar la vida del noble poeta de los números. 
Por tamaños estragos con que lesionaron a lo mejor del género humano, sirvan sus almas de carne para los perros infernales, y sean sus nombres borrados para siempre del Libro de la Vida que custodia el Cordero.  
           
           
           
           

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